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La IA no decide por ti: no evites ejercer tu liderazgo

Uno de los errores más frecuentes que veo en directivos de pymes y fundaciones cuando empiezan a hablar de inteligencia artificial no tiene que ver con la tecnología. Tiene que ver con el liderazgo.



La inteligencia artificial no resuelve dilemas. No equilibra prioridades contradictorias. No entiende la cultura implícita de tu organización. Eso sigue siendo una responsabilidad directiva.


La IA puede ofrecer patrones, resúmenes, simulaciones o automatizaciones útiles. Pero interpretar todo eso en el contexto real de tu negocio, de tu equipo y de tus valores no es un problema técnico: es un problema de criterio. Y lo interesante e incómodo es que la IA no elimina nuestras contradicciones como líderes. Las hace más visibles.


Queremos decisiones objetivas, pero confiamos en la intuición. Pedimos eficiencia, pero tememos perder humanidad. Buscamos certezas, pero evitamos conversaciones difíciles. Más tecnología no reduce esta tensión. La amplifica.

En organizaciones pequeñas y especialmente en aquellas sin ánimo de lucro, esta tensión se vive con más intensidad. Hay menos margen de error, menos recursos y mucha presión por “no quedarse atrás”.

Por eso muchos líderes se quedan bloqueados: leen, escuchan, observan… pero no deciden. No porque no haya herramientas, sino porque la IA obliga a hacerse preguntas que antes se podían esquivar.


Aquí tienes algunos ejemplos:


1.- Una pyme utiliza IA para analizar rentabilidad, carga de trabajo y retorno esperado de sus proyectos activos. El resultado es claro: dos líneas de trabajo deberían cerrarse o replantearse.

El problema no es el dato. El problema es que esos proyectos están liderados por personas. La IA no tiene problema en “recomendar” el cierre. El líder sí.


Aquí la tentación es peligrosa: usar la recomendación como excusa (“lo dice la herramienta”) o ignorarla para no generar fricción. En ambos casos se abdica del liderazgo.


La decisión no va de números, va de cómo sostener una conversación incómoda, cómo explicar criterios y cómo asumir las consecuencias. La IA solo ha puesto el foco donde ya había un conflicto latente.


2.- En una organización sin ánimo de lucro se empieza a usar IA para sintetizar evaluaciones de desempeño y detectar patrones de productividad. Los informes son eficientes, claros y comparables.

Pero surge una pregunta que nadie había formulado antes: ¿Estamos midiendo lo que de verdad importa?


Personas muy alineadas con el propósito aparecen como “menos eficientes”. Otras, muy resolutivas, generan tensiones culturales que el modelo no detecta. La IA no puede decidir qué pesa más: impacto social, eficiencia operativa o cohesión del equipo. Eso es una decisión de valores. Aquí el reto no es ajustar el algoritmo, sino revisar el marco mental desde el que se toman decisiones. Y eso exige liderazgo consciente, no automatización.


3.- Otro escenario habitual: un directivo empieza a usar IA para preparar decisiones estratégicas sobre precios, proveedores, nuevos servicios.., y recibe propuestas bien estructuradas, aparentemente objetivas.


El riesgo aparece cuando la recomendación empieza a sustituir al criterio. “Si lo dice la IA, será lo correcto.” Ese pensamiento es cómodo, pero peligroso. Porque una organización que solo sigue recomendaciones deja de liderar. Y una que no sabe cuándo cuestionarlas pierde su espacio de libertad.


La pregunta clave no es “¿qué recomienda la IA?”, sino: ¿qué no está viendo la IA que yo sí debería tener en cuenta? Clientes, contexto local, historia del equipo, momento vital de la organización. Todo eso sigue fuera del modelo.


4.- Y quizá el caso más común: líderes que no han empezado o lo han hecho de forma anecdótica, porque sienten que cualquier paso será un error. No es rechazo a la IA.


Es inseguridad directiva.

La sensación de fondo suele ser esta: “Si empiezo, voy a descubrir decisiones que llevo tiempo posponiendo”.


La IA no crea el problema. Lo saca a la superficie. Y aquí es donde muchos se quedan atrapados entre la reflexión eterna y la acción impulsiva.


Después de acompañar a muchos líderes en este punto, hay algo claro: la adopción de la IA no va de herramientas. Va de conversaciones. Conversaciones sobre:

  • qué priorizamos de verdad

  • qué estamos dispuestos a cambiar

  • dónde están nuestras líneas rojas

  • qué decisiones llevamos tiempo evitando


La IA puede ser un excelente catalizador para esas conversaciones. Pero alguien tiene que sostenerlas. Y ese alguien es el líder.


Por eso, cuando me preguntan “¿por dónde empiezo con la IA?”, casi nunca hablo de software. Hablo de criterio, de foco y de claridad. Y, muchas veces, de la necesidad de una mirada externa.


Tomar decisiones en soledad, con presión y con demasiadas variables, es el terreno perfecto para la parálisis o el autoengaño. Un acompañamiento externo no decide por ti, pero sí te ayuda a:

  • ordenar el ruido

  • poner palabras a dilemas difusos

  • cuestionar supuestos que ya no sirven

  • convertir la reflexión en acción concreta


La IA no sustituye ese proceso. Lo hace más urgente. Porque cuanto más “inteligentes” son las herramientas, más criterio necesitan quienes las usan. La pregunta final no es cuánto dejas que la IA guíe tus decisiones, sino: ¿hasta qué punto estás dispuesto a liderarlas de verdad?


A veces, la claridad empieza con una buena conversación. Y desde ahí, todo lo demás se vuelve posible.

 
 
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